A punto de terminar un máster de educación, por cierto, bastante antipedagógico (paradojas de la vida), me sigo planteando, porque es algo que hago desde hace un tiempo, una serie de cuestiones:
El profesorado desde hace unos años hasta el momento actual, se encuentra en una situación que yo denominaría de desconcierto.
Desconcierto por los continuos avances en las nuevas tecnologías, queriendo aplicarlas a sus materias sin saber muy bien cómo hacerlo.
Desconcierto por la diversidad del alumnado; mucho más allá de la llegada de inmigrantes, nos encontramos en nuestras aulas alumnado con dispares necesidades (necesidades específicas de apoyo, alumnado de compensatoria, alumnado con problemas de conducta, etc). Ante tal diversidad el profesorado se siente desbordado, pues no contamos con recursos humanos suficientes como para atender adecuadamente las necesidades mencionadas anteriormente.
Desconcierto ante el alto porcentaje de fracaso y abandono escolar en el que se encuentra nuestro alumnado.
El profesorado se encuentra en situación de desconcierto ante el clima generalizado de falta de respeto y de disciplina que tenemos en nuestras aulas. Ni siquiera con la Ley en la mano, se resuelven estos conflictos.
Desconcierto ante la falta de colaboración por parte de las familias en la educación de sus hijos e hijas.
Todo este desconcierto lleva al profesorado a una situación de un no saber qué hacer, que trae como consecuencia una falta de motivación absoluta.
Por otro lado, el “exceso de confianza” por parte del alumnado hacia el profesorado, es una situación que no facilita la función docente. El alumnado ha pasado a considerar a sus profesores/as como colegas, con todas las implicaciones que eso conlleva.
Bajo mi punto de vista, se puede considerar que las quejas del profesorado “son o no para tanto” dependiendo de la función que cada docente crea que tiene en un centro educativo.
Si nos centramos únicamente en nuestra labor docente: enseñar una materia, desde luego que tienen bastantes motivos para quejarse:
• Hay cada vez más alumnos/as disruptivos en las aulas, lo que no permite explicar en condiciones una asignatura.
• El fracaso escolar es de un porcentaje considerable; ¿para qué sirve lo que estoy haciendo?
• No contamos con los recursos adecuados, sobre todo, humanos en lo que se refiere a la cantidad.
• La ratio de alumnos/as por aula es excesiva; ¿dónde queda la enseñanza individualizada?
Pero, si tuviéramos en cuenta que nuestra labor como docentes en un centro educativo de primaria o secundaria, lleva implícito una labor educadora, las quejas no tendrían sentido.
Las características de nuestros “clientes”: el alumnado, no tienen nada que ver con las características de alumnos/as universitarios. Nuestra misión no es sólo enseñar una materia: lengua, matemáticas, música, etcétera. No, nuestra misión en un centro educativo es, educar y, educar conlleva:
• Enseñar a pedir permiso para hablar.
• Enseñar a no dar voces.
• Enseñar a pedir las cosas por favor y a dar las gracias.
• Enseñar a estudiar.
• Etcétera.

Un largo etcétera, que podríamos resumir diciendo que educar implica enseñar a convivir.
Esta es, bajo mi punto de vista la labor de un docente en un centro de educación obligatoria, con lo que, todas las quejas antes descritas caen por su propio peso.
Por otro lado me pregunto: ¿cuáles son las causas del deterioro de la figura del docente? (si existe tal deterioro).
Y, realmente pienso que cierto deterioro si existe. Un deterioro que viene dado por la pérdida de valores que se ha producido en nuestra sociedad. Nuestros niños y jóvenes de hoy en día viven encerrados en una burbuja de cristal (y de un cristal muy fino).
No están aprendiendo a valorar las cosas, puesto que lo tienen todo y, casi antes de pedirlo.
Ya ni siquiera saben pedir, ahora exigen.
Han perdido el respeto absolutamente por todo y por todos, empezando por los padres, con lo cual, ¿cómo van a respetar al profesorado?
No han aprendido a esforzarse y trabajar duro para conseguir las cosas; así es difícil que sepan valorar el trabajo que realiza el docente diariamente.
Vivimos en sociedad y, nuestras aulas no son ajenas a ella, al contrario, son un fiel reflejo de la época que vivimos.
No obstante, ante la pregunta que me hacía anteriormente, deberíamos hacer también un poco de autocrítica:
• ¿Nos dejamos influir por el continuo bombardeo de los medios de comunicación con respecto al deterioro de la figura docente?
• ¿Vamos a trabajar con la idea de que tendremos que “pelearnos” con nuestro alumnado?
• ¿Intentamos llevar a cabo métodos motivadores en el proceso de enseñanza-aprendizaje?
• ¿Intentamos enseñar de una manera individualizada?
• ¿Nos coordinamos con los especialistas?
Considero que, todo lo que ocurre a nuestro alrededor, en este caso, en nuestras aulas, se debe a razones multicausales. Echando la culpa de lo que pasa a “otros”, difícilmente, se podrán resolver los problemas.
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